jueves, 13 de marzo de 2008

EL RESTAURANTE DEL HIJO PRÓDIGO

Jamás pudo explicarse por qué se decidió por ese lugar, tan apartado y pobre, para establecer su singular restaurante.

Allí gastó un dinero que su hermano mayor le “prestara” con la intención de que se fuera, esta vez para siempre, de la casa paterna.

Hacía unos años le había reclamado a su anciano padre que le adelantase su herencia y partió a gastarla en barajas y mujeres hasta perder el último centavo. Como judío, en un país extraño y hostil, no pudo hacer otra cosa que empelarse como cuidador de cerdos, apenas por un mal plato de comida y un peor alojamiento.

Pasado un tiempo, extrañando las bondades de su vida anterior, decidió volver a intentar una eventual reconciliación con su familia.
Emprendió el regreso. Su padre, sentado en la puerta de la casa lo vió venir de lejos y se adelantó a recibirlo. La bienvenida fue excepcional, salvo por el disgusto de su hermano mayor.

“Un hijo mío estaba perdido y ha sido encontrado, estaba muerto y ha resucitado” fue el irrebatible argumento del anciano, ante la queja airada del primogénito.

Hubo paz por un tiempo, hasta que el padre murió. Su hermano mayor le pidió que se fuera y le ofreció un dinero “en préstamo a nunca devolver”. Así partió de nuevo, con algo de dinero y la extraña sensación de no saber qué hacer.

Se estableció en un lugar apartado, en las afueras de la ciudad. Instaló un restaurante para judíos con un salón en el primer piso para quien pagara por una reunión privada.

Aquella tarde alguien ató una burra frente a su puerta. Al rato un personaje extraño le solicitó usarla para “su señor” y ordenó que preparasen el salón superior para la cena del Pesaj.

Así lo hizo. Aquella noche vinieron unos trece hombres a celebrar la pascua en su restaurante. El que pagó la cuenta se retiró antes. Los demás se fueron al amanenecer. Supo luego que al principal de ellos lo prendieron y condenaron a muerte.

Intuye que su vida insignificante estuvo al servicio de algún acontecimiento importante. Murió con muchos años y sin poder comprenderlo.

1 comentario:

Pablo Ernesto Arbeletche Mac Gregor dijo...

Muy lindo cuento de Luis Carlos Aguirre. Merece ser leiddo y sobretodo meditado. No se lo pierdan!

Grande abrazo para todos