y enredarlo
en los molinos
del corazón.
Robar la luz
y amarrarla
en los muelles
de la mirada.
Robar la lluvia
y almacenarla
en los diques
del silencio.
Luego escapar sigilosamente
de la policía de la conciencia
hacia las arenas del amor.
En esta página se irán publicando trabajos originales de Luis C. Aguirre, poeta y cuentista argentino, nacido en la provincia de Misiones en 1956. Ha participado, junto a Daniel E. Serra, de la publicación de la revista alternativa "Antimitomanía", entre 1974 y 1984. Creó y condujo el programa radial "Nochenautas", junto a Héctor D. Suárez, entre 1989 y 1995. Actualmente dirige la publicación poética "Paradecir".
Los astronautas fueron llevando a la luna
todo lo que sobraba en los desvanes.
Por eso aquel lugar en el que se reflejaba
el brillo de los ojos de los amantes,
hoy por hoy, acumula el polvo ceniciento
de los amores clausurados.
Por eso invocaremos en nuestras naves
un rumbo que nos aleje de los recuerdos gastados.
Vamos hacia galaxias de sensaciones
en las que sabemos que hay planetas
con lagos llenos del éxtasis
de las pasiones que no se pueden clausurar.
Allí fundaremos colonias con los sobrevivientes
de los sueños imposibles.
Rumiar cruces
trepando calvarios
con Arimateos
de diván
y coronas de deudas.
Acarrear cruces
en los trenes
de la rutina
subdesarrollada
entre Pilatos
administradores
del imperio.
Multiplicar panes
entre los condenados
que te apedrearán
mañana.
Los peces del milagro
se han contaminado
en los ríos
poscivilizados.
Histéricos gritos
de hosanna
en las multitudes
enardecidas,
hosannas efímeros,
palmas marchitas,
cocaína, hachís, crack,
bienaventurados
los viejos que apedrean policías
en los obscenos capitolios
pues ya no hay fe
que los redima. Amén.*
a Graciela Santaliestra
Tener derecho a los errores
a las revanchas
a los egoísmos.
Poder juntar en un cofre
los ideales
las fantasías
los sueños
más sublimes.
Presentarles los rencores
las ambiciones
las lujurias
inimaginables.
Luego, como un cocinero,
sazonarlos de misterios,
de medias palabras,
de rumores
y presentarlos
sobre los blancos manteles
como una expresión
genuina
de humanidad.
La misión de un testigo es contar lo que ha visto.
He visto -como Gisnberg-
a los mejores de mi generación
"desaparecer" en las garras
de los asesinos. También
los he visto caer en los
abismos
de la locura;
los he visto transformarse
en traficantes de su propia
alma;
los he visto olvidar
el horizonte
cegados por montañas
de basura;
los he visto permitir
la destrucción del futuro
(pluscuam imperfecto)
y jactarse de su hazaña.
He visto a los mejores
de mi generación
enterrar revoluciones
en cuentas de banco,
en pequeñas comodidades,
en un plato de lentejas.
He visto al que
soplaba en el viento
cantar ceremonioso
ante el representante
de un dios (¿Dios?)
terrible y cínico.
He visto al dolor
adueñarse de la pureza,
he visto cómo maldicen
al amor
y bendicen comprensivos
la tortura.
He visto a una manada
de humanos
gritando "gol"
con las panzas vacías
mientras esperan
pacientes
el furgón
del servicio prepago
de pompas fúnebres.
Y vengo a contar
lo que he visto
bajo juramento de
decir la verdad
y luego callar.
Ajustar la mirada
y extenderla
en un manto de recuerdos
para
encontrar
alguna huella que conduzca
de vuelta
a los sueños, las esperanzas, la lucha.
Acomodar la mirada
(ya gastada)
en un amanecer inquietante
buscando
en este futuro de pesadilla
la puerta
por donde pueda encontrarse
una sonrisa
una rosa
o una revolución
que nos devuelva el imsomnio.